El miedo es un elemento que está presente en nuestra vida. A veces, somos conscientes de él porque se centra en aspectos concretos de la realidad pero, otras muchas, solo lo sentimos sin saber exactamente qué es lo que tememos.

Desarrollamos miedos hacia muchas cosas: a objetos, a animales o a situaciones. Cuando son las situaciones las que nos alteran es probable que el miedo no sea a nada físico y que sea a cosas como el rechazo, el fracaso o la soledad.

Enfrentarse  a los miedos es la única manera de superarlos. Es necesario identificarlos y elaborar estrategias que permitan manejarlos adecuadamente.

Cuando tomamos conciencia del miedo y sabemos que aun cuando es irracional, porque objetivamente es improbable que pueda hacernos daño, no somos capaces de afrontarlo y eso nos lleva a situaciones de ansiedad y evitación, entonces hablamos de fobia.

Los trastornos fóbicos pueden ser de tres tipos:

Fobia específica: en este caso, ese miedo irracional, se produce en respuesta a algo concreto y específico. Por ejemplo, a estar en espacios cerrados (claustrofobia), a las alturas (acrofobia), a conducir (amaxofobia) o los insectos (enomofobia). Como vemos, el miedo en este caso, está muy localizado y se circunscribe a algo muy concreto.

Fobia social: la provoca el miedo a la exposición pública, a ser juzgado o evaluado por otras personas. Las situaciones sociales, sobre todo cuando implican a personas desconocidas generan una gran ansiedad, lo que dificulta las relaciones y la normalización de ciertas actividades.

Agorafobia. Es un tipo de fobia compleja ya que no se produce limitada a determinadas situaciones u objetos. Lo que caracteriza a la agorafobia es el miedo a estar en situaciones en las que es difícil escapar o en las que el temor a sufrir un ataque de pánico y a no ser ayudado angustian tanto a la persona que, en los casos más graves, limita considerablemente su actividad social y profesional.